El sol ya tocaba el horizonte. Dos guardias, enviados por Halcazor, ya estaban apostados en el portal del salón, y arrugaban el rostro para no cegarse con la luz rojiza que entraba por la salida al balcón. Entraba cierta brisa fresca que hacía menos notorio el calor. Y claro, aquel murmullo arrullador de las aguas.
Perséfone miraba hacia el exterior, tras las cortinas de suaves velos fucsias, agarrándolas fu
ertemente con sus manos, sin mirar hacia atrás. Una mano se posó suavemente en su hombro derecho.
-Es hora - dijo Arcturus, con su voz varonil pero cálida.
Perséfone se volteó por fin. Estaba llorando, al parecer desde hace rato. Miró a todos los presentes, sin saber qué hacer. Sentía una impotencia y desesperación que aunque ella no sabía, el resto también la compartía.
- Oh, por favor, no se vayan, no me dejen aquí... - suplicó ella-. No quiero separarme de ustedes...
Al resto de la tripulación se le partía el corazón, y lloraban amargamente.
-Tal vez podríamos... - se atrevió a decir Agnes - Arcturus... - y miró al capitán Arcturus suplicando.
Perséfone a su vez miró disimuladamente a los guardias de la entrada, que ya se veían ansiosos, moviéndose en sus puestos e intercambiando miradas. Uno de ellos le hechó una, de mala gana, y Perséfone ya no se atrevió a contradecir los deseos de Halcazor, quien seguramente ya se dirigía a la habitación para ver si aquellos marineros ya se habían marchado.
Perséfone cerró los ojos, y se resignó. Unode los guardias sintió pasos, y se asomó por el portal. De inmediato volvió a su puesto, y se irguió completamente, mirando a lfrente. El compañero repitió instintivamente la acción, al tiempo que un hombre altísimo, grueso de tórax, de tez del color de la arena del desierto y cejadas pobladas como nunca había visto Nerolí, la más pequeña de la tripulación, entraba en la habitación, serio, frío, firme en su actitud. Sus vestimentas se agitaban al viento, lo que dejaba entrever un calzado extraño, de cuero de bestia marina supuso Arcturus, pero moldeados con arte real. Las telas eran finísimas, de variado colores, y algunas hasta con diseños, como nubes, hiedras y aves largas. Sobre su cabeza llevaba un lienzo enrrollado. Nerolí no entendía por qué usaba vestidos sobre pantalones, ni el motivo de aquél peculiar sombrero.
El rostro de Perséfone cambió completamente. Ahora mostraba derechamente un miedo inconmesurable. Phinx lo notó de inmediato, pues era de los que mejor conocía a la joven.
El gran hombre la miraba fijo, hasta que por fin habló:
- Veo que siguen aquí. En ese caso, desean quedarse, por lo que veo. - volteándose a los guardias, les dijo - Llévenlos a las catacumbas, y liberen a Uldan.
Se disponía a retirarse, pero Perséfone de inmediato le suplicó, tironeándole las ropas:
- ¡No, por favor, amo! Déjalos ir, yo me quedaré aquí...
Halcazor sonrió, pero toda la tripulación odió más que nada esa mueca de maldad.
- Es un trato - dijo él -. Guardias, si no los sacan ahora mismo, se quedarán todos hospedando en mis catacumbas, incluyendo ustedes.
Se retiró y permaneció en el portal, observando con malicia solemne. En tanto, los guardias se abalanzaron sobre el resto de la tripulacion, mientras ésta gritaba y hacía lo posible por zafarse y llevarse a Perséfone con ellos. Pero Perséfone se liberaba de los brazos de estos, llorando, y en medio de tal alboroto sólo pensaba en que era lo mejor para todos. Era inevitable. Un trato como aquél era la úinca forma de salvar a aquella tripulación, su familia, que nada tenía que ver en esto. Los amaba demasiado como para no librarlos de tamaña situación.
Los guardias tenían bastante fuerza, como comprobaron todos. Ya rindiéndose, por el cansancio de la lucha, sólo le prometían a Perséfone que volverían, que esto no era el fin, que aguardara tranquila... Phinx, en un acto veloz, se zafó de un tirón de uno de los poderosos brazos del guardia de la derecha, y corrió donde la joven, la abrazó. Fue un momento de menos de 3 segundos, pero para ellos fue eterno. Al sentir una gran mano dura que lo pescaba por el cuello, Phinx la miró a los ojos y le dijo secretamente:
- Volveré por ti. Lo prometo.
Acto seguido un golpe en su frente le nubló la vista, y ya no pudo combatir más. Esto sólo aumentó los ánimos de lucha del resto, pero Perséfone, despertando de pronto luego del mensaje de Phinx, gritó:
- ¡Váyanse! ¡Váyanse de una buena vez!
El último rostro que avistó desde su lugar, puesto que en todo ese rato había osado a abndonar su lugar, para que todo acabara pronto, fue el de Phinx, inconsciente, llevado sobre un hombro de ese guardia, el que lo golpeó sin piedad.
Llena de rabia, impotencia y tristeza, rompió en llanto, sentándose en el suelo junto a la ventana, agarrándose la cabeza. Y ahí se quedó, hasta que rato después vio un barco alejarse al horizonte,
donde el sol ya se había ido hace algún rato y los últimos vestigios del sol se alejaban con aquella tripulación de 8 seres, que viajaban atados a los mástiles, obra de Halcazor, quien por fin tenía lo que quería... su preciada Uldan. Ella lo oyó subir las escaleras, riendo. Volvió a cerrar los ojos, y suplicó en silencio.
Perséfone miraba hacia el exterior, tras las cortinas de suaves velos fucsias, agarrándolas fu
ertemente con sus manos, sin mirar hacia atrás. Una mano se posó suavemente en su hombro derecho.
-Es hora - dijo Arcturus, con su voz varonil pero cálida.
Perséfone se volteó por fin. Estaba llorando, al parecer desde hace rato. Miró a todos los presentes, sin saber qué hacer. Sentía una impotencia y desesperación que aunque ella no sabía, el resto también la compartía.
- Oh, por favor, no se vayan, no me dejen aquí... - suplicó ella-. No quiero separarme de ustedes...
Al resto de la tripulación se le partía el corazón, y lloraban amargamente.
-Tal vez podríamos... - se atrevió a decir Agnes - Arcturus... - y miró al capitán Arcturus suplicando.
Perséfone a su vez miró disimuladamente a los guardias de la entrada, que ya se veían ansiosos, moviéndose en sus puestos e intercambiando miradas. Uno de ellos le hechó una, de mala gana, y Perséfone ya no se atrevió a contradecir los deseos de Halcazor, quien seguramente ya se dirigía a la habitación para ver si aquellos marineros ya se habían marchado.
Perséfone cerró los ojos, y se resignó. Unode los guardias sintió pasos, y se asomó por el portal. De inmediato volvió a su puesto, y se irguió completamente, mirando a lfrente. El compañero repitió instintivamente la acción, al tiempo que un hombre altísimo, grueso de tórax, de tez del color de la arena del desierto y cejadas pobladas como nunca había visto Nerolí, la más pequeña de la tripulación, entraba en la habitación, serio, frío, firme en su actitud. Sus vestimentas se agitaban al viento, lo que dejaba entrever un calzado extraño, de cuero de bestia marina supuso Arcturus, pero moldeados con arte real. Las telas eran finísimas, de variado colores, y algunas hasta con diseños, como nubes, hiedras y aves largas. Sobre su cabeza llevaba un lienzo enrrollado. Nerolí no entendía por qué usaba vestidos sobre pantalones, ni el motivo de aquél peculiar sombrero.
El rostro de Perséfone cambió completamente. Ahora mostraba derechamente un miedo inconmesurable. Phinx lo notó de inmediato, pues era de los que mejor conocía a la joven.
El gran hombre la miraba fijo, hasta que por fin habló:
- Veo que siguen aquí. En ese caso, desean quedarse, por lo que veo. - volteándose a los guardias, les dijo - Llévenlos a las catacumbas, y liberen a Uldan.
Se disponía a retirarse, pero Perséfone de inmediato le suplicó, tironeándole las ropas:
- ¡No, por favor, amo! Déjalos ir, yo me quedaré aquí...
Halcazor sonrió, pero toda la tripulación odió más que nada esa mueca de maldad.
- Es un trato - dijo él -. Guardias, si no los sacan ahora mismo, se quedarán todos hospedando en mis catacumbas, incluyendo ustedes.
Se retiró y permaneció en el portal, observando con malicia solemne. En tanto, los guardias se abalanzaron sobre el resto de la tripulacion, mientras ésta gritaba y hacía lo posible por zafarse y llevarse a Perséfone con ellos. Pero Perséfone se liberaba de los brazos de estos, llorando, y en medio de tal alboroto sólo pensaba en que era lo mejor para todos. Era inevitable. Un trato como aquél era la úinca forma de salvar a aquella tripulación, su familia, que nada tenía que ver en esto. Los amaba demasiado como para no librarlos de tamaña situación.
Los guardias tenían bastante fuerza, como comprobaron todos. Ya rindiéndose, por el cansancio de la lucha, sólo le prometían a Perséfone que volverían, que esto no era el fin, que aguardara tranquila... Phinx, en un acto veloz, se zafó de un tirón de uno de los poderosos brazos del guardia de la derecha, y corrió donde la joven, la abrazó. Fue un momento de menos de 3 segundos, pero para ellos fue eterno. Al sentir una gran mano dura que lo pescaba por el cuello, Phinx la miró a los ojos y le dijo secretamente:
- Volveré por ti. Lo prometo.
Acto seguido un golpe en su frente le nubló la vista, y ya no pudo combatir más. Esto sólo aumentó los ánimos de lucha del resto, pero Perséfone, despertando de pronto luego del mensaje de Phinx, gritó:
- ¡Váyanse! ¡Váyanse de una buena vez!
El último rostro que avistó desde su lugar, puesto que en todo ese rato había osado a abndonar su lugar, para que todo acabara pronto, fue el de Phinx, inconsciente, llevado sobre un hombro de ese guardia, el que lo golpeó sin piedad.
Llena de rabia, impotencia y tristeza, rompió en llanto, sentándose en el suelo junto a la ventana, agarrándose la cabeza. Y ahí se quedó, hasta que rato después vio un barco alejarse al horizonte,
donde el sol ya se había ido hace algún rato y los últimos vestigios del sol se alejaban con aquella tripulación de 8 seres, que viajaban atados a los mástiles, obra de Halcazor, quien por fin tenía lo que quería... su preciada Uldan. Ella lo oyó subir las escaleras, riendo. Volvió a cerrar los ojos, y suplicó en silencio.
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